
Hay que ser justos.
Todas tienen un principio, un desarrollo y un final (sí, final también).
¿Por qué decir desarrollo y no clímax o conflicto?
Porque las relaciones son las únicas novelas que tienen tantos conflictos como glóbulos rojos la sangre. Y así mismo, tienen tantos finales posibles.
Tantos borrones y cuentas nuevas, tantos empezar de cero y tantos parches y baches imposibles de esconder.
Es increíble el cuánto uno puede llegar a sufrir por alguien y, aunque el tiempo no borre todas las cicatrices, seguimos cayendo en el vicio del amor.
¿Cuántas veces se te ha acabado el mundo?
A mí, millones. Sin embargo, siempre me vuelven unas ganas enfermas de reconstruirlo todo. De crear la sociedad perfecta y me ilusiono con que exista democracia en mi cuerpo.
¡Pero no, señores!
-"Esto es dictadura", dice el corazón.
Y manda a miles de sus suboficiales a llenar de sangre la cabeza para que no puedas pensar claramente.
Y, de paso, unos cuantos van a parar a las mejillas para hacerlas sonrosar al primer roce, al primer beso o incluso después de ello.
Lamentable es que algo que se supone debe ser bello, esté lleno de egoísmo, ambición y locura.
¿Pero qué estoy diciendo? (hay tantas contradicciones entre dos personas...o en uno mismo).
A veces la locura también es buena, pero ¿cuál es el límite?
¿Cotidianeidad o espontaneidad? Es el dilema de muchos, pero ¿existe el equilibrio?
Y así, es como nuestras historias se van llenando de preguntas que no pueden responderse. Algunos no pueden soportarlas, lo que les provoca el derrumbe. Otros luchan contra ellas, alargando la agonía. Y otros, simplemente, conviven con ellas o las ignoran...pero incluso ellos tienen un final, la muerte literal.
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